Amantes y Amados

El buen amor

Así da nombre Sergio Sinay a lo que considero su obra maestra sobre las relaciones humanas, en especial las de pareja.

¿Qué es el buen amor? Aquél que construye un nosotros, sin destruir el tú y el yo. Aquél en el que los amantes son compañeros de viaje.

¿Cuántas veces nos hemos visto embarcados, en amores apasionados y tormentosos creyendo estar enamorados? Puede que esto no sea amor, al menos no un buen amor.

Y fueron felices y comieron perdices

Cuando en realidad la historia no ha hecho más que empezar… ¿Cómo se comieron las perdices?¿y cuando se hartaron de perdices, qué comieron? Creemos que cuando encontremos a nuestro príncipe azul, a nuestra perfecta amada, seremos felices para siempre. Ponemos todas nuestras expectativas en “el otro”, y si fracasa la relación… probablemente sea porque no era lo suficientemente azul o perfecta.

Y ahora, con sinceridad ¿Cuántas veces has tropezado en la misma piedra? Lo que está en tu mano es tu capacidad de amar y no la persona amada. El amor a primera vista solo es una semilla que ha de crecer, tras el fuego momentáneo, lo que permanece son las brasas, si han de permanecer.

Yo           

No eres la media naranja de nadie, eres una persona completa. Cuando te diluyes en el otro dejas de ser tú. La fusión sin integridad provoca uniones simbióticas de sumisión y dominación.

El yo sumiso es pasivo, dependiente, prefiere no tomar decisiones. Idealiza al otro y se convierte en parte de él: “sin ti no soy nada”. El yo dominante escapa a su soledad teniendo a otro que le adora, se evade de sus flaquezas señalando las del otro. Ambas formas de amar, la pasiva y la activa, suelen integrarse dentro de cada individuo.

El Buen Amor, dos que son uno y siguen siendo dos: “deseo tu bienestar y lo propicio, desde mi libertad. Lo hago por mí y para ti, porque me hace feliz. Lo hago y lo siento desde el amor, sin sacrificio ni obligación”.

¿Cómo se aman y te aman tus padres?

Según Fromm y Horney, el amor de la madre es incondicional, y no depende de lo que hagas como hijo. En una relación materno-filial sana esto es una buena noticia, no lo es tanto en relaciones patológicas. No puedes hacer nada para cambiar tus sentimientos, si puedes responsabilizarte de lo que haces con ellos. Si el amor materno es el hogar, el amor paterno es la ventana al mundo. El amor del padre es condicional: puedo hacer algo para conseguirlo. No se nos ama por ser nosotros mismos, sino por cumplir unas expectativas determinadas. Es el amor “merecido”.

En el amor infantil “amo porque me aman”, sin embargo en el amor adulto “me aman porque amo”. La persona madura ha integrado en sí mismo a su padre y a su madre, creando un equilibrio entre ambos.

Además de las relaciones con cada uno de nuestros progenitores, influye en nuestra capacidad de amar, el ejemplo que nos dieron como pareja. Tendemos a repetir el modo en que nuestros padres se amaron (especialmente en nuestra infancia), ya que es el modelo de pareja que hemos aprendido, por eso, en muchas ocasiones es necesario reaprender otras maneras de amar.  

Empieza por la búsqueda de ti mismo.

Si buscas algo concreto, solo encontrarás aquello que buscas. Intentando meter en el molde que has imaginado, a las personas que vayas encontrando en tu camino. Y probablemente también intentando encajar en el molde que otros (o tu mismo) han ideado para ti.

Nos empeñamos en buscar al que nos acompañará, antes de encontrar el camino. Esto nos lleva a grandes frustraciones, al tener que adaptarnos mutuamente a la senda del otro ¿No sería más fácil encontrar a alguien que camine a un ritmo y en un sentido similar al nuestro? Atrévete a buscar con la libertad para no encontrar.

Aceptar al otro tal como es

Pensar que el otro actúa desde el amor, de buena fe, es la base de las relaciones humanas sanas y fluidas. Las personas son como son y no como deberían ser. Aceptar no es tolerar, tolerar implica supremacía sobre el otro, implica que tu verdad es la que vale. Si quieres que ella o él cambie, en realidad estás amando a la imagen que te has creado de cómo debería ser tu amante.

Aceptar no es resignación. Resignarse es “tirar la toalla”, es sentir que “haga lo que haga da igual, porque nada va a cambiar”. Implica una tendencia victimista y autodestructiva.

Cuando aceptamos, no hacemos un pulso con el otro para ver quién gana. Cuando aceptamos, tomamos al otro tal como es. Si somos iguales ¿qué aprendemos? El respeto a las diferencias hace del amor una experiencia de conocimiento.

Sigue prestándole atención, en lugar de dar las cosas por sentado.

En ocasiones caemos en el error de creer que lo sabemos todo del otro, cuando ni siquiera lo sabemos “todo” sobre nosotros mismos. La llama del buen amor se mantiene encendida gracias a la curiosidad por conocer los misterios del otro, respetando lo que no se muestra, dejándonos sorprender día a día.

Ama con los cinco sentidos. Mirar más que ver, escuchar más que oír, saborear, acariciar, disfrutar del perfume de cada momento. Sin dejar que nos abrume la velocidad y la carga cotidiana. No hace falta hacer grandes cosas, solo detente unos segundos y date cuenta, de lo que sientes hacia la persona que te acompaña.

Amar es dar

No como el sacrificio del que se queda en la carencia, no es “dar a cambio de recibir”. Si experimento mi dar como privación, dejaré al que recibe en deuda, y me frustraré en el caso de no recibir, tal y como yo creo que merezco.

En el acto más puro de dar, experimento mi riqueza. No es una privación sino la expresión de mi energía vital. Siento placer por el mero hecho de dar y por eso no necesito que me recompenses por ello. La persona que no se ama a sí mismo, que carece de la capacidad, no puede amar al otro. Ámate para poder amar.

El amor implica cuidado, preocupación activa por la vida y el crecimiento del otro. Implica responsabilidad, estar dispuesto a responder respetando al otro, desde el conocimiento de su individualidad y su independencia. No puedes decir que amas las flores si no las riegas.

El Arte de Amar

Como dijo Erich Fromm, amar es un arte, y como todo arte, puede aprenderse su técnica. Y habló del amor como la respuesta al problema de la existencia humana. Nos centramos en ser dignos de amor y no en la capacidad de amar. El objeto amado, externo a ti, frente a tu propia facultad.

Pongamos el acento en el amante más que en el amado.

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